Como madre y ciudadana me siento con la responsabilidad de exponer mi postura ante el planteamiento que hizo nuestra presidenta Claudia Sheinbaum en la propuesta consensuada para limitar los dispositivos en las escuelas. Su argumento se basa en que éstas deben ser un espacio en donde se regrese al método tradicional de lápiz y papel, poniendo así a mi parecer una pausa a la digitalización a la que hoy estamos expuestos todos.
Hay que recordar que la palabra escuela viene del griego antiguo scholē, que significa “tiempo libre”, “ocio” o “descanso”. Se preguntarán por qué la escuela podría ser un espacio para que esos sustantivos tengan un lugar. Para los antiguos griegos, el scholē era ese espacio de tiempo libre donde se le podía dedicar tiempo al estudio, a la conversación y al aprendizaje, así que la escuela surge como un espacio donde el aprendizaje requiere de tiempo libre para pensar. Sin embargo, en la actualidad vivimos bajo una aceleración constante que imposibilita tener espacios de ocio que nos ayuden a pensar y elaborar lo que aprendemos, dado que la hiperconexión del mundo digital lo obtura.
La propuesta de nuestra presidenta se resume en reemplazar la distracción digital por un espacio de aprendizaje profundo y de convivencia presencial, proponiendo que ni alumnos ni docentes usen el celular, ya que los algoritmos de las plataformas están diseñados para generar adicción y dependencia, ocasionando distracción y ansiedad. Coincido plenamente con ella y a continuación expondré mis razones.
Hoy, la mayoría de la población cuenta con un celular, lo que hace más fácil ver a un niño o adolescente jugar videojuegos en vez de divertirse en un parque. Es verdad que hay plataformas de aprendizaje, pero ¿cuál es su verdadero objetivo?, ¿hacernos la vida fácil? ¿Quiénes diseñan estas plataformas? ¿Es posible generar pensamiento crítico a través de ellas, las cuales funcionan bajo algoritmos que buscan maximizar el progreso y la eficiencia? Es como si los niños fueran robots que aprenden bajo instrucciones mecánicas –algo similar a ciertas exigencias laborales para los adultos, ¿no creen?–. Tener un pensamiento crítico no significa ser eficaz o certero sino poder cuestionar lo que aprendemos.
Nick Srnicek, en su libro Capitalismo de plataformas, dice que una de las características de las plataformas es extraer y controlar datos: “Mientras más usuarios interactúan con un sitio, más información se puede recolectar y utilizar” (p. 56). El autor menciona que la base de datos es la nueva materia prima, el petróleo digital que ha de extraerse, refinarse y procesarse para ofrecernos lo que supuestamente es mejor para nosotros, los usuarios, colocándonos como consumidores pasivos de nuestras propias necesidades. “Mientras los usuarios se pasean por internet, se los rastrea mediante cookies y otros mecanismos, y estos datos se vuelven cada vez más específicos y valiosos para los anunciantes” (p. 56). Esto genera —¿sin querer?— adicción al consumo de contenidos por su modelo de negocio.
Consciente de que el mundo digital llegó para quedarse, a mí sí me gustaría que la escuela pueda ser ese espacio que brinde un corte ante el mundo digital, donde el método tradicional del lápiz y el papel encuentre de nueva cuenta un lugar en el aprendizaje. Escribir a mano proporciona ventajas congnitivas importantes y guarda una estrecha relación con el inconsiente, inscribe algo singular e íntimo de cada sujeto. Así que si la apuesta es por que los niños y jóvenes tengan un espacio para encontrar su propia singularidad, además de algunos beneficios para su aprendizaje, qué mejor que dar lugar a ello a través de la escritura manuscrita.
Dado que a través de la escritura algo de la singularidad se deja ver –por ejemplo, los peritos calígrafos que analizan los manuscritos para verificar la autenticidad de una obra artística–, la escritura a mano rompe con la generalización de pensamiento y lenguaje que las mismas plataformas producen, que a menudo tiene que ver con la censura.
Entonces, si las plataformas son el nuevo modelo de negocio del capitalismo digital, ¿por qué no hacer de la escuela contemporánea un espacio donde se dé una interrupción de las plataformas y la digitalización en general? Un espacio donde los alumnos puedan descansar del caótico mundo digital y enfrentarse a desarrollar su pensamiento crítico, la experiencia, pero sobre todo la presencia con el otro: otro-compañero, otro-docente, y con su propia escritura, algo que ni las plataformas ni los celulares hacen. Con esto no quiero decir que nos alejemos del mundo digital, sino que seamos conscientes de lo que generan en nosotros y por qué es importante su limitación.
Éric Sadin en su libro La silicolonización del mundo hace una crítica al capitalismo industrial/digital haciendo ver que el progreso y el desarrollo buscan abarcar todos los campos de la vida bajo la medición, la productividad y la rentabilidad, incluidos los “ángulos muertos” tales como “un paseo por el campo, las cenas, conversaciones entre amigos, los momentos de cuidados íntimos, incluso el sueño” (2018, p.146). ¿Por qué no brindar en las escuelas esos puntos ciegos, en donde el receso, la hora de la salida, la entrada, los cambios de clases sean momentos de convivencia presencial sin fines de medición o productividad?
Para concluir me parece que las escuelas podrían ser un espacio de resistencia ante el capitalismo digital que es avasallador, dejando en segundo plano los algoritmos que buscan la mecanización y el control dificultando la posibilidad de tejer lazos sociales, las pantallas están capturando nuestra atención con frecuencia, convirtiéndose en un mediador entre nosotros y nuestra convivencia diaria. Por eso creo en la escuela como un espacio donde la presencia, la experiencia, la palabra y la mirada tengan otro lugar, no el de antaño ni el de la abrumadora digitalización sino uno donde la convivencia con el otro nos permita tomar una postura propia, singular, crítica y respetuosa incluso con nosotros mismos.

















